Un reciente reportaje de Forbes revela un hecho preocupante: el Grupo Banco Mundial, a través de su brazo financiero IFC (International Finance Corporation), ha entregado más de 1.600 millones de dólares a empresas que operan granjas industriales en países como Ecuador.
Entre estas compañías aparece Pronaca, uno de los principales actores del sistema alimentario nacional, conocido por su producción de cerdos, pollos y también gallinas ponedoras. Si bien el reportaje se enfoca en impactos ambientales y sociales, hay una realidad silenciosa que también merece atención: la vida de millones de animales confinados.
En Ecuador, más de 17.5 millones de gallinas viven en instalaciones industriales. La mayoría está encerrada en jaulas en batería, estructuras metálicas donde a menudo ni siquiera pueden abrir completamente sus alas. Viven hacinadas, sin poder caminar, anidar, picotear el suelo o siquiera estirar el cuello con libertad. Se estima que más de 63 millones de huevos se producen semanalmente bajo estas condiciones.
Esta forma de producción intensiva, financiada con dinero público internacional, no solo compromete el bienestar de los animales, también impacta negativamente en el ambiente y en las comunidades rurales. Las decisiones que se toman desde oficinas en otros países están marcando la vida de quienes no tienen voz, como estas aves.
La historia de las gallinas en granjas industriales es muchas veces invisible. Pero urge que la miremos de frente y que exijamos modelos más éticos, sostenibles y responsables con todos los seres vivos.